Encontrarse...
A través de un otro.
Con el olor de mi té verde “Japanese cherry“ acompañando este instante de teclear.
Con su sabor que deleita mis papilas gustativas mientras un nudo en la garganta se va sintiendo burbujeante, incómodo y las lágrimas empiezan a asomarse.
Porque solo mirar atrás, tan solo unos pocos meses atrás y darme cuenta en este preciso momento, de cuanto me he encontrado, hace que todo mi Ser se estremezca… Jamás creí verme como me veo hoy, jamás creí que podría traerme a este “lugar” (Y no porque la vida sea perfecta, no porque todo esté resuelto, al contrario, el caos está más vivo que nunca).
Más bien, porque me he traído a un lugar en donde he podido ver mucho de mi sombra, sentarme con ella, conversar de lo que duele, pesa, molesta y altera… Y así, encender una velita para ver, en medio de esa densa sombra, la belleza de la luz, la dicha, la plenitud, lo genuino, lo bondadoso, lo brillante que habita también adentro.
Un lugar que me ha invitado a re-conocerme, a mirarme a los ojos con honestidad y ver la profundidad de mi alma a través de ellos, a aprender a decir SI cuando quiero decir SI y a decir NO cuando mis vísceras así lo quieren.
Un lugar que está en depuración constante, que algunos días se siente como el más cálido hogar y otros, como el más gélido invierno… Un lugar que con toda y su dualidad, es mi hogar, el que he aprendido estos meses, a cuidar con tantísimo amor, como el más sagrado de los templos, a no dejar entrar a muchos y quienes entran, lo hacen sin zapatos y con el corazón abierto.
Volver al cuerpo, es volver a la tierra.
Volver al cuerpo ha sido el camino, el recurso y el vehículo en medio de este proceso de encontrarme. Un proceso que ha significado meses de incomodidad, una incomodidad que se ha sentido tan desafiante como rica y disfrutable y que, en definitiva, seguiría eligiendo experimentar, aún con lo retadora, porque es ahí, donde he recordado mi fuerza, mi coraje, mi miedo y mi valentía, todos juntos.
Un encontrarme que no sería lo que es sin un otro… Sin la mirada de ese otro que me ha llevado a verme a través de sus ojos; que me ha mostrado con sus abrazos que puedo abrazarme y contenerme cuando estoy sola; he reconocido que puedo escucharme en mi propio silencio a través de lo escuchada que me he sentido en las conversaciones con ese otro; he regresado a mi cuerpo para cuidarlo, honrarlo, celebrarlo y disfrutarlo, gracias a la seguridad, a la contemplación, a la calma y a la ligereza, que ese otro me ha mostrado que es posible experimentar.
Aunque el camino de encontrarme ha sido una decisión propia, consciente y elegida, no sería lo que es, sin un otro que lejos de ser salvador, ha sido espejo y contenedor.
Con el último sorbo de mi té, un olor particular y conocido que percibe mi olfato, si, el aroma de ese otro que se hace presente… Mi pecho se siente espaciado y abierto, por haber dejado salir estas letras que anidaban en el corazón, que gritaban por ser escritas y las lágrimas que emergen cargadas de pura gratitud ante la vida, solo puedo celebrar-me por haberme traído hasta este lugar, habitando la dualidad de la vida, para poco a poco seguir encontrándome…
Porque al fin y al cabo, el destino final no es encontrarnos, el destino es el viaje, es el camino en sí mismo que se va andando día a día, con todo lo que trae.
¿Qué sería de nuestras vidas sin esos otros que nos acompañan, nos sostienen, nos alientan, nos retan, nos enseñan, nos aman?


